Establecimiento de las Encomiendas

D. 15. Trabajo forzado en minas de oro. Encomiendas de 1503. D. 15. Trabajo forzado en minas de oro. Encomiendas de 1503. Diseño: J. Arvelo. Dibujo: F. Castro

Los indios sometidos construyeron las casa de los nuevos pobladores y trabajaron las tierras para su sustento, muchos eran llevados a trabajar en los ríos y minas de oro, pero el establecimiento definitivo de un sistema de explotación todavía no había llegado; los colonos de la Española vieron su sueño de riqueza hecho realidad cuando se recibió la Real Cédula del 20 de diciembre de 1503 en la que la Reina autorizaba las propuestas de Ovando ala vez que estipulaba lo siguiente:

“Mando a vos, el dicho Nuestro Gobernador que el día que esta Mi carta vieredes en adelante, compelays e apremieys a los dichos yndios, que traten e conversen con los cristhianos de la dicha Isla, e trabaxen en sus edeficios, e coxer e sacar oro e otros metales, e en facer granxerias e mantenymientos para los cristhianos vecinos e moradores de la dicha Isla; e fagays pagar a cada uno el día que trabaxare, el xornal e mantenymiento que sygund la calidad de la tierra de la persona e del oficio, vos paresciere que debiere aber mandado a cada cacique que thenga cargo de los dichos yndios,...e para que las fiestas de dias que paresciere, se xunten a oyr e ser doctrinados en los coros de la Fé,...lo cual fagan e complan como personas libres, como lo son, e non como siervos, e faced que sean bien tratados los dichos yndios...”11

Los repartimientos efectuados hasta el momento, si bien exponían a los indígenas a fuertes horas de trabajo, todavía les permitía mantener un cierto equilibrio dentro de su orden social, practicando aun sus costumbres y sobrándole la cantidad de tiempo necesario para cultivar conucos. Durante la encomienda oficial, en cambio, se fijaron dos periodos de trabajo de 5 meses cada uno, entre los cuales podrían aprovechar 40 días de descanso para encargarse de conucos y proveer la alimentación de buena parte de los cristianos así como de los incapacitados para el trabajo pesado, como mujeres, niños y ancianos. Pero en la practica el periodo de trabajo se alargo a otros 2 meses más llamados de “demoras”, con lo que las labores agrícolas y el descanso eran imposibles lograr. Por otra parte, el jornal asignado casi solo alcanzaba para comprar un peine, no para comida que era lo que siempre escaseaba.

Pero lo peor realmente lo constituyo la ausencia total de normas jurídicas que exigieran a los encomenderos el proporcionar un trato de básicas condiciones humanas a sus encomendados indios. La posesión de tantas libertades, además de la justificable ambición de rápidas riquezas y una buena dosis de ignorancia, hicieron posible que muchos colonos provocaran el primer y definitivo genocidio dentro de la conquista americana. 

Los indios eran repartidos sin distinción alguna, “por manera que a todos, chicos y grandes, niños y viejos, hombres y mujeres preñadas y paridas, señores y vasallos, principales y plebeyos, condenaba absolutamente a la servidumbre”.12 y obligados a trabajar en las minas y ríos con solo una o dos tortas de casabe por alimento. Además eran trasladados a regiones lejanas de su área natal, lo cual les dislocaba el orden vivencial de inmediato; ya no habrían más areítos, ni cohoba, ni siestas en hamacas, los indígenas en general empezaron a vivir un infierno de bateas, arena, piedras, hambre, patadas, violaciones e increíbles castigos físicos que, junto a las bajas causadas por varias epidemias virales, aseguraron su exterminio. 

La cantidad de indios por encomendero se establecía de la siguiente manera: “A vos, fulano, se os encomienda en el cacique fulano 50 o 100 indios, con la persona del cacique, para que os sirvais dellos en vuestra sancta fe católica,”.13

Claro que su instrucción y conversión al cristianismo también resulto imposible en la practica, lo que le molestaba en gran medida a los religiosos, quienes tratando de mediar un poco en aquella vorágine, se quejaban constantemente de que los indios morían, “sin la fuente de regeneración espiritual, al no recibir esta (el bautismo) como convenía”.14 Al construir un bien adquirido gratuitamente, cuando comenzaron a morir de hambre, enfermedades, o a suicidarse en masa, eran rápidamente sustituidos en la misma cantidad proveniente de poblados más apartados. 

No fue solo a los habitantes nativos de la isla que la fiebre del oro empezó a agotar, sino a la tierra misma, cuyas condiciones ecológicas se violaron desde un principio, hoyando y limpiando y cambiando el curso del agua por dondequiera que pudiera extraerse el preciado metal. Si el trabajo se realizaba en minas, se colocaban a ciertos indios a cavar la tierra, “e aquello llamaban escopetar (que es lo mismo que cavar), e de la tierra cavada hinchen bateas de tierra; e otros indios toman aquellas bateas que trujeron en otras mayores,...e los acarreadores vuelven más por tierra, en tanto los laboradores lavan aquella que primero se les trujo...”15

El oro depositado en arroyos se obtenía con un método peor aun: “sacan el agua de su curso, e después que esta seco, en medio de la madre por donde primero iba el agua, así como lo han jamurado (que en lengua o estilo de los mineros plásticos quiere decir agotar) hallan oro entre las piedras y hoqueades y resquicios de las peñas y en aquello que estaba en la canal de la madre o principal curso del agua por donde primero iba el río o arroyo...”16. Si después de 5 siglos de explotación irracional de los recursos naturales de la isla de Santo domingo, todavía contiene fuentes hidrográficas considerables, podemos imaginar la extraordinaria abundancia de agua en arroyos y riachuelos que se empezaron a secar durante los años de la economía minera.