Llegada a la Isla de Haití

D. 8. La Santa María y la Niña en la Bahía de Acul, Haití. 22 de diciembre de 1492. D. 8. La Santa María y la Niña en la Bahía de Acul, Haití. 22 de diciembre de 1492. Diseño: J. Arvelo. Dibujo: F. Castro

El miércoles 5 de diciembre llegaron la Santa María y la Niña a la costa oeste de Haití, en la actual isla de Santo Domingo, y viendo que “era muy grande, y que las tierras y los arboles de ella se asemejaban a los de España, y que en una redada que hicieron los de los navíos cogieron muchos peces como los de España, a saber, caballos, lizas, salmones, sábalos, gallos, salpas, corvinas, sardinas, y cangrejos, resolvió darle a la isla un nombre conforme al de España; y así el domingo 9 de diciembre la llamó Española”.8

Tras la pista del oro en otros encuentros con los nativos, los expedicionarios siguieron su camino hacia el este, entrando el jueves 20 en la actual bahía de Acul, Haití. Al parecer este bellísimo puerto impresionó bastante al Almirante, pues allí permanecieron por cuatro días, siendo visitados y halagados por la población local, quienes probablemente les hicieron vivir a los cristianos las experiencias más hermosas de todo aquel viaje: “Entonces se allegaron más a la mar, y el Almirante más a tierra, y después que del todo perdieron el miedo, venían tantos que cobrían la tierra, dando mil gracias, así como mugeres y niños; los unos corrían de acá y los otros de allá a nos traer pan que hacen de niames, a qu'ellos llaman ajes, qu'es muy blanco y bueno, y nos traían agua en calabaças y sabían qu'el Almirante quería y todo con coraçon tan largo y tan contento que era maravilla”.9

El 22 de diciembre el Almirante recibió un enviado del cacique Guacanagarí, quien le rogaba, “que fuese con los navíos a su tierra y que le daría cuanto tuviese, embíole con aquel un cinto que en lugar de bolsa traía una carátula que tenia dos orejas grandes de oro de martillo, y la lengua y la nariz”.10 Tras recibir esta invitación, y de escuchar a otros indios hablar del Cibao como el lugar donde se encontraban las minas de oro, Colón pensó que se trataba de su soñada Cipango y el día 24 alzaron velas en dirección este hacia a las tierras de Guacanagarí. 

Cabe señalar que, presenciando el maravilloso espectáculo que aquella virgen selva tropical estaría brindando a los expedicionarios, ciertamente lugar de mil posibilidades, los comentarios al respecto son mínimos en comparación a las constantes y precisas referencias acerca del oro; el oro que justificaría la empresa colombina para los Reyes Católicos, que haría a Colón poderoso de por vida y que inclusive, como llegó a insinuar, le podría abrir las puertas al paraíso. Con el paraíso frente a sus propios ojos, grande era la obsesión de Don Cristóbal cuando escribe el 23 de diciembre, “Nuestro Señor me adereçe por su piedad que halle este oro, digo su mina, que hartos tengo aquí que dizen que la saben”.11